Recientemente se publicó un artículo en el diario NY Times que trata del derrame de petróleo en el Golfo de México.  El argumento central es la creencia, bien arraigada, de los estadounidenses de que la tecnología lo puede solucionar todo.  Ha sido bastante impactante ver de cerca las reacciones, al menos en los medios de comunicación locales, que el país tiene acerca del derrame de petróleo.  Resumiéndolo en pocas palabras, lo que más se escucha es: ¿Cómo no van a poder detenerlo? ¿Pusimos al hombre en la luna, cómo no van a poder pararlo? y el mismo concepto una y tra vez en diversas formas. Incredulidad. Pues bien, esta es una lamentable demostración de que, en primer lugar, la tecnología actualmente no puede solucionarlo todo y, en segundo lugar, que nos queda muchísimo por aprender.

¿Y qué tiene que hacer este post en un blog de salud? Muchísimo, ya que el mismo patrón se aplica a la medicina.  En promedio, la población en EEUU simplemente no puede creer que la tecnología no pueda solucionar las cosas. No puede aceptar que a veces no hay nada más que hacer. No cabe en sus cabezas el hecho que hay intervenciones que es mejor no hacer, que lo viejo pueda ser mejor, que lo más barato pueda ser mejor.  Y eso no sólo pasa en EEUU, sino que pasa en muchos de nuestros países en desarrollo.

Si bien hay muchos elementos que concurren en explicar el excesivo gasto en salud en EEUU – gastando 10 veces más por persona que en Chile, pero con mayor mortalidad infantil y menor expectativa de vida – en mi opinión, este factor cultural es gravitante. Es por eso que en EEUU se practican muchas más intervenciones que en cualquier otro país, de todo tipo y después de ajustar por todos los factores de riesgo que se les ocurran.  Simplemente se operan más. Y eso se explica de la misma manera que se explica la reacción de la población ante el derrame de petróleo en el Golfo de México. La confianza ciega de que la tecnología actual no tiene límites y que todo lo puede solucionar…. que es cosa de plata, y aquí tenemos de eso….

Ejemplos de este concepto hay muchos. Uno de los medicamentos más efectivos para tratar la hipertensión, en pacientes que no tienen otras enfermedades, es un diurético antiguo, que ya no tiene patentes y que por lo tanto es muy barato. La lógica diría que debiese ser el más utilizado. Pues no. Y lo que lo explica es el tipo de ideas como: ¿Cómo va a ser más efectivo si es tan viejo? ¿Cómo va a ser mejor si es más barato? Y todo esto es alentado por los laboratorios, a quienes no les interesa vender un producto que cuesta 300 pesos chilenos al mes (65 centavos de dólar).  Y en esto caen médicos y pacientes por igual.

Otro ejemplo es el de las mamografías. Recientemente se cambió la recmendación de mamografías para detectar el cáncer de mamas. Se aumentó la edad para iniciar los chequeos en pacientes sin factores de riesgo de 40 a 50 años. Asimismo, se redujo la frecuencia de una vez al año a cada dos años. Resultado en EEUU, escándalo en los medios de comunicación y en las organizaciones de pacientes y médicos. Nuevamente las mismas preguntas ¿Cómo es posible que sea mejor hacer menos exámenes? Pues sí, la evidencia dice que sí es mejor hacerse menos exámenes.

Y así hay muchos más. Quimioterapias ultra tóxicas para pacientes terminales, cirugías para problemas que se solucionarían sin ellas, exámenes para detectar cosas que no requieren ser tratadas, etc.  Hasta que no empecemos a entender que más (nuevo, caro o invasivo) no siempre es sinónimo de mejor, no vamos a poder hacer una medicina racional, cuyos costos no aumenten exponencialmente con el tiempo.